Aún me parece sentir el calor tibio de tu cuerpo la primera vez que te sostuve en brazos, frágil como un latido inesperado; supe desde ese primer roce todo el universo que llegarías a ser. Fuiste la primera luz filtrándose entre mis cortinas, el sol alborotando mis mañanas y el eco constante de una alegría que no conocía sombras.
Aprendí tanto a tu lado... Me asombra cómo de un ser tan diminuto podía brotar un silencio tan lleno de peso, lecciones de vida tan hondas que ni en cien años de caminata habría alcanzado a descifrar. Me dejaste el tejido sutil de tu sabiduría. Eras el aire que respiraba mi casa y el centro de mi gravedad; por eso, concebir la vida sin la huella de tu presencia parecía un imposible.
Pero heme aquí, trazando con dedos fríos estas letras que se convierten en el único refugio para nombrar tu ausencia. Transcurren los días a media luz, esquivando tu recuerdo, porque al rozarlo me quema la nostalgia en el pecho. Soltarte, ver cómo te alejabas, ha sido el acto de amor más desgarrador y puro que pude ofrecerte: preferí mi casa vacía a saber que a mi lado tus alas no hallarían su plenitud.
Continuaré alzando la mirada hacia la luna, buscando entre su resplandor al pequeño ser que iluminaba mis noches. Le pido al viento que te busque, a Dios que guíe tus pasos y abrigue tu camino. Aunque el destino haya trazado una grieta entre nuestras vidas y una parte de mi propia sombra se haya ido contigo, sé que siempre serás tú a quien irán a buscar mis ojos al mirar al firmamento en cualquier noche serena.