Aquel día la noche guardaba un secreto distinto en el aire, una densidad extraña que la hacía diferente a todas las demás. Tu mano, cuando por fin la alcancé, era inusualmente cálida. Me dio una curiosidad repentina, un impulso irreprimible que me hizo actuar sin medir las consecuencias: ¿de qué tamaño era exactamente?, ¿cómo se vería junto a la mía?
Tú y yo teníamos una manera de comunicarnos muy nuestra, un idioma secreto que habitaba entre los silencios y los gestos que muchas veces ni siquiera escogíamos. Gestos que, de alguna manera, se volvían certezas profundas de lo que exactamente sentíamos. Para nuestros ojos era una obra hiperrealista, un cuadro de detalles nítidos y luminosos, aunque para los demás fuera apenas un conjunto de garabatos carentes de sentido, un código invisible que nadie más sabía leer.
—No —dijiste
—No... —respondí, tomando tu mano con una suavidad deliberada.
Palma con palma, la contemplé con una añoranza infinita, deteniéndome en cada línea, en cada relieve. Fue exactamente lo que mi corazón ya creía desde antes de tocarte: era del tamaño perfecto, la medida exacta de todo lo que yo quería sostener el resto de mi vida.
Todavía puedo cerrar los ojos y recordar el brillo exacto de los tuyos en esa ocasión. Eran un espejo, un reflejo idéntico de los míos, ambos cargados del mismo peso contradictorio de amor y de dolor. Qué hermoso regalo me has dado: instantes suspendidos en una verdad tan desnuda, tan real, que sobraban las palabras para confesar aquello que los dos, con tanto empeño, queríamos ocultar.