¿Te imaginas lo que es despertar y saber que amas,
sabiendo también que debes partir
sin la certeza, jamás, de volver a coincidir?
Luchas en vano contra la marea,
te niegas a sentir lo que ya te condena,
sabiendo que desde el primer abrazo
te ahogabas despacio en esta pena.
Hay un instante exacto que jamás olvidaré,
donde todos mis sentidos se volcaron en ti:
tu voz, tu mirada, la calidez de tu piel,
el refugio perfecto que en tu cuerpo sentí.
Poco importa lo que dijiste aquella noche,
las palabras se borran, pero se queda la huella,
un fuego grabado en el fondo del pecho
que se niega a apagarse bajo la tormenta.
A veces te envidio, de una forma extraña,
por tener a alguien que te ame así,
con esta fuerza pura y desbordada
con la que yo me entrego a ti.
Hoy me quedo flotando en esta indecisión:
si perder la vida intentando olvidarte,
o seguir comparando el color de las tardes
con la magia de las noches que alcancé a darte.
Solo espero que guardes, muy dentro de ti,
este amor que te pertenece por derecho;
un amor tan tuyo, tan vivo y tan nuestro,
como la vida misma que llevo en el pecho.