Entre la penumbra y el fuego bajo,
luces tenues y cálidas visten la cocina.
La música clásica flota despacio,
a medida que su magia delicada nos abraza.
Tu mirada me busca con asombro,
recorriendo cada línea, cada contorno,
como si contemplaras, maravillado,
el tesoro más bello y preciado.
Al sentir tu devoción, volteo a verte,
y una sonrisa de complicidad nos une.
Te acercas despacio, rompiendo el aire,
mientras el tiempo en la estancia se detiene.
Tomo tu mano y la elevo suave,
a la altura exacta de nuestros ojos;
observo minuciosamente el roce,
cómo tus dedos y los míos se hallan en cotejo,
tejiendo un lazo firme, profundo y dulce.
Y al compás callado de nuestros pechos,
guiados por el pulso de la melodía,
emprendemos un viaje hacia un destino hecho,
sin prisas, sin otra vía.
Rozando tu piel, acerco mi boca
y susurro en tu oído:
«Por la eternidad».
Les recomiendo encarecidamente que lean este poema con esta canción.